Carlos Alberto Pedraza decía que “Al final no nos preguntarán qué hemos sabido, sino qué hemos hecho”, según recordó el pasado 17 de junio uno de sus amigos en la página que lleva su nombre en el libro Historias Inconclusas. Esto sucedió mientras esta obra, que contiene los nombres de 1333 personas defensoras de derechos humanos asesinadas en Colombia entre el 2002 y 2022, se presentaba en la instalación del Museo de Memorias Vivas. Esta exposición estuvo tres días abierta en la Universidad de Granada, donde se presentaron más de 25 proyectos con testimonios de comunidades que exigen ser recordadas y reparadas en Colombia y España.

Libro Historias InconclusasVisita el micrisitio web

La sala de exposición donde se encontraba este libro itinerante, que por primera vez salió del país, evidenciaba que las historias y los proyectos se cruzan: Carlos no solamente aparecía en la página 478 del libro, su imagen también se proyectaba en una sabana blanca que presentaba los rostros de víctimas de desaparición forzada y otros crímenes de lesa humanidad en Colombia. En un lado estaba la designación verbal para distinguir su persona y en otra su representación visual, que lo enseñaba con su pelo largo, sus gafas y su mirada. Esta última figura aparecía gracias a sus familiares, que años antes habían participado en una práctica artística comunitaria que bautizaron con el nombre de Amoratorio de creación: cenizas, flores y faroles para no olvidar. Su cara surgía igualmente por el interés de las personas asistentes, que se acercaban a esta obra y utilizaban la luz de la instalación -o la de sus propios celulares- para proyectar los rostros. Aparecía el desaparecido, el líder cívico-popular que realizó investigaciones sobre crímenes atribuidos a agentes del Estado a nivel nacional hasta enero de 2015, cuando fue desaparecido y luego encontrado sin vida.

Pieza del Amoratorio de creación

Esta era una linda coincidencia, que no solo aplicaba en el caso de una persona. Por el contrario, en ese salón cuadrado, universitario, que había dejado temporalmente las sillas y esas numerosas prácticas académicas estériles para albergar la memoria, se encontraban igualmente los relatos de víctimas que eran representadas de formas diversas. Si ellas aparecían en varias obras fotográficas, artísticas o audiovisuales, era porque quienes veníamos desde distintas organizaciones o procesos igualmente nos acompañábamos; aún cuando no nos conociéramos. Minutos antes, quienes exponíamos nos habíamos presentado junto a varias mesas dispuestas al aire libre. Allí habíamos cumplido debidamente los ritos usuales de las presentaciones, eso de decirse los nombres, nuestra formación -siempre hay alguien que quiere saber sobre eso-, algún comentario innecesario sobre el calor y escudriñar en las coincidencias. En medio de eso, y esto sí es lo importante, habíamos decidido implícitamente que nos acompañaríamos los próximos días.

Exposición de Luz Marina Bernal.

Y eso es muy importante: la compañía y las coincidencias son valiosas. No se deben desmeritar. En distintas reuniones de organizaciones de derechos humanos, se escucha de forma reiterada que debemos comunicarnos hacia afuera, buscar maneras de no leernos ‘los mismos con las mismas’ y cosas de ese estilo. Entonces se propone hacer otro carrusel, se habla sobre la necesidad de salir a grabar un reel en el parque y luego husmear la métrica de las visualizaciones para ver si sí tuvimos un mayor alcance: si ‘salimos’ de ese círculo de quienes trabajamos en este campo. Eso puede ser en efecto significativo, pero su importancia no desplaza el valor de conocernos y acompañarnos, de leernos. De manera que si este texto lo ven un par de personas interesadas en la memoria y los derechos humanos, el mismo cumplió su cometido, de manera análoga a lo que sucedió en el I Simposio Internacional sobre Memorias Participativas, un evento en el marco del cual se presentó el Museo de Memorias Vivas al que se aludió inicialmente. En el Simposio también se cumplieron diversas metas: se conocieron nuevas formas de hacer memoria, se tejieron redes entre las mismas y emergieron coincidencias entre trabajos inacabados. Inacabados porque se refieren a procesos que continúan; según se señaló, la memoria está viva y nos permite hacer exigencias al Estado. El libro de Historias Inconclusas del Programa Somos Defensores y el Portal Periodístico Verdad Abierta refleja lo enunciado: caso de Carlos Pedraza es uno de los 508 casos que permanecen en indagación y que deben avanzar para garantizar los derechos de las víctimas.

Actividad ‘La Memoria y el cuerpo’. / I Simposio Internacional sobre Memorias Participativas.

El Simposio se desarrolló de esa forma, no solo por una organización cuidadosa en lo logístico y presupuestal, sino por la empatía sobre lo que sucede del otro lado del Atlántico. Desde allá se escuchaba con perplejidad las formas de hacer memoria en un país que recicla sus conflictos, como Colombia, y nosotrxs hacíamos lo propio con las dinámicas del país que nos recibía. Recordemos: el año pasado se cumplieron cincuenta años del final de la dictadura del militar Francisco Franco y en 2028 tendrá lugar el mismo aniversario por la aprobación de la Constitución de 1978. Cinco décadas de un período amargo, moralista y censurador, que surgió de la violencia contra un gobierno socialista legítimamente electo. Si bien se detuvo la dictadura, hay esfuerzos organizativos de reparación y de memoria que persisten: por la búsqueda de las personas desaparecidas, por el reconocimiento de los espacios donde se encuentran sus cuerpos, por la búsqueda de un reconocimiento de lo sucedido entre las nuevas generaciones.

Obra ‘Libre’ de Fernando Sánchez. / Comisionado 50 años de España en Libertad.

Así pasaron los tres días del encuentro, que tuvo un final notable, cuando se nos invitó a un espacio que trasciende a una universidad o a una ciudad como Granada, víctima de esa lamentable y aborrecible dinámica de la gentrificación. Se nos permitió caminar un barrio, y más específicamente una de las cuevas-hogares que han albergado a millones de personas desde hace más de cinco siglos, cuando los Reyes Católicos conquistaron lo que hoy es el sur de España -que entonces estaba bajo control árabe- y las minorías buscaron un refugio donde no ser perseguidas. Hubo un  evento de cierre que contó con testimonios quienes vivían en las cuevas reproduciéndose una y otra vez, e imágenes de archivo que exponían la memoria del territorio que nos recibían. Salían por ejemplo niños de varias generaciones atrás, con perfil erguido, sin camiseta y con una pequeña barriga, que bailaban flamenco en la calle de una montaña árida. Las personas en su entorno aplaudían sin mirar a la cámara que les grababa. Nos despedimos entonces viendo un momento del pasado, con respeto por la dignidad de quienes allí se representaban, nuevamente en una sabana blanca.

Performance en actividad de cierre. / I Simposio Internacional sobre Memorias Participativas

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