Señales
Tan solo es necesario vestirnos
de color poesía;
impregnarnos la frente de fragancia
verso libre;
ser prototipos del estilo
canto sin barreras
caminar del lado de la vida
duro contra el viento
para que seamos declarados
elementos fuera del orden.
Chucho Peña.
El hombre que carga la memoria en el cuerpo

En las calles de Castilla, en la Comuna 5 de Medellín, hay quienes aprendieron a sobrevivir sin renunciar a la memoria. Entre ellos está Carlos Bravo, “Caliche”: punkero, líder social, gestor cultural, baterista y fundador de la agrupación Desadaptadoz. Un hombre de voz tranquila y convicciones firmes que parece caminar acompañado por las heridas y esperanzas de toda una generación marcada por la violencia.
Su estética punk —camiseta roja bordada sobre el corazón, blue jean ajustado, correa de taches y botas curtidas por la calle— no es una pose nostálgica. Es memoria viva. En su cuerpo habitan los años ochenta y noventa, décadas en las que el arte popular, la organización barrial y la defensa de los derechos humanos fueron perseguidos con violencia en Colombia.
Caliche habla desde el territorio. Desde las esquinas donde la guerra dejó ausencias. Desde los barrios donde la juventud aprendió demasiado pronto que cantar, escribir poesía o pensar diferente podía convertirse en una condena.
Por eso, cuando nombra a Jesús María Peña Marín, “Chucho Peña”, y a Soraya María Cataño González, no los recuerda solamente como artistas o líderes sociales asesinados. Los recuerda como personas que hicieron del arte una forma de defender la vida en medio del miedo.
En una sociedad acostumbrada a las ausencias, su trabajo se ha convertido en un ejercicio de resistencia y cuidado colectivo: recuperar la memoria de líderes sociales, artistas y defensoras de derechos humanos para impedir que el silencio termine imponiéndose.
Castilla: donde la memoria volvió a ocupar las calles
Entre el 29 de abril y el 2 de mayo de 2026, Castilla se llenó de murales, tambores, guitarras, comparsas y poesía durante la primera edición del Festival Los Bastantes. Impulsado por Caliche junto a colectivos sociales, artistas y organizaciones defensoras de derechos humanos, el encuentro nació como una apuesta por la memoria en un país donde recordar también es resistir.
Durante cuatro días, las calles del barrio se transformaron en un escenario de encuentro. El teatro salió a las esquinas, la comparsa acompañó la movilización del Día Internacional del Trabajo y la música volvió a reunir a quienes crecieron entre silencios y ausencias.
En un contexto donde continúan asesinando líderes sociales y donde defender derechos humanos sigue implicando riesgos, escenarios como Los Bastantes son fundamentales porque fortalecen el tejido comunitario y abren espacios para que las nuevas generaciones encuentren en el arte una herramienta de resistencia y transformación.

Chucho Peña: la poesía perseguida.

Los Bastantes nació como homenaje a Chucho Peña, poeta, actor y activista cultural asesinado hace 40 años.
El 30 de abril de 1986, Chucho fue detenido en inmediaciones del Parque Bolívar de Bucaramanga. Permaneció desaparecido durante varios días hasta que su cuerpo apareció en zona rural del corregimiento La Vega, en Cáchira, Norte de Santander.
Lo asesinaron en un país donde la poesía también era considerada peligrosa.
Chucho perteneció a una generación que entendió el arte como herramienta de transformación social. Sus versos hablaban de dignidad, rebeldía y libertad en medio de una Colombia atravesada por la persecución política y la violencia.
Tenía palabras en los bolsillos y futuro en la mirada. Por eso incomodaba.
Cuatro décadas después, sus poemas siguen apareciendo en murales, canciones y recitales callejeros. Su voz permanece viva en quienes continúan defendiendo la cultura popular como un espacio para resistir al miedo.
Soraya Cataño: hacer del teatro una defensa de la vida
El festival también rindió homenaje a Soraya María Cataño González, estudiante de teatro de la Universidad de Antioquia, teatrera popular, zanquera y lideresa barrial asesinada en 1991.
Soraya recorrió las comunas noroccidentales de Medellín llevando comparsas, tambores y procesos culturales a territorios golpeados por la violencia urbana. Creía en el arte como refugio colectivo y como posibilidad de transformar la calle en un lugar para el encuentro.
Quienes la conocieron recuerdan a una mujer luminosa y profundamente comprometida con su comunidad. Pero en aquellos años, ser joven, lideresa social y promotora cultural también significaba vivir bajo amenaza.
Su asesinato hizo parte de una época en la que múltiples expresiones juveniles, populares y artísticas fueron perseguidas en Medellín.

Una misma memoria política

Aunque no existen registros de un vínculo directo entre Chucho Peña y Soraya Cataño, sus nombres hoy convergen en una misma memoria construida desde los territorios.
Ambos representan generaciones distintas de artistas populares perseguidos por defender la vida desde la palabra, el teatro y la organización social. Sus historias dialogan porque fueron víctimas de un país que convirtió el pensamiento crítico y la sensibilidad artística en objetivos de exterminio.
En Castilla, sus nombres vuelven a encontrarse entre murales, guitarras y versos compartidos de madrugada. Y en ese ejercicio de memoria aparece nuevamente Caliche, no sólo como organizador del festival, sino como un tejedor de comunidad que ha convertido la música y el arte en herramientas para resistir al olvido.
Su trabajo consiste en recordar, pero también en convocar. En reunir generaciones distintas alrededor de una canción, un poema o una historia compartida. En demostrar que la memoria también puede ser una forma de cuidado.
El tiempo y los fantasmas que siguen caminando
Cuatro generaciones han pasado desde aquel día —quizás soleado y espeso, con el calor pegado a las paredes de Bucaramanga— en el que algunos hombres decidieron apagar la vida de Jesús María Peña Marín.
Quisieron arrancar de raíz la risa, silenciar la poesía y dejar vacías las calles por donde caminaba Chucho con los bolsillos llenos de versos y rebeldía. Creyeron que asesinando al poeta también desaparecería la esperanza.
Pero hay voces que aprenden a quedarse.
Muchos de quienes hoy pronuncian su nombre jamás lo conocieron. No escucharon su risa ni compartieron con él una esquina o una madrugada de canciones. Sin embargo, Chucho sigue apareciendo en las paredes pintadas de colores, en las guitarras desafinadas de los barrios y en los papeles arrugados donde alguien vuelve a escribir sus poemas para espantar el olvido.
Durante cuatro días, personas de distintos rincones del país se encontraron en Castilla para decir que la muerte no alcanza a llevarse el amor. Que todavía somos muchos quienes creemos en la poesía como una forma de resistencia. Que aún es posible “vestirnos de color poesía” y caminar del lado de la vida.
Hace cuarenta años los titulares anunciaban: “Matan a poeta”. Hoy, en Castilla, otras voces escriben algo distinto.

En el Festival Los Bastantes, las lágrimas compartieron espacio con la risa; las palabras que nunca pudieron decirse encontraron por fin una garganta colectiva. El teatro salió a las calles como un acto de desobediencia frente al miedo. La música volvió a abrazar a quienes crecieron entre ausencias.
No lograron sembrar a Chucho en el silencio. Colectivos culturales, artistas, líderes sociales y defensoras de derechos humanos levantaron sus voces para decir: aquí estamos. Aquí seguimos. Porque el arte no es un adorno en tiempos de guerra; es una manera de defender la vida cuando todo alrededor insiste en destruirla.
La primera edición del Festival Los Bastantes dejó también una certeza suspendida en el aire de Castilla: “los fantasmas no están para asustarnos, sino para que nos dejemos acompañar”.
Y quizás por eso, entre murales, tambores, poemas y canciones, el barrio entendió algo sencillo y poderoso: la memoria no pertenece al pasado. Camina con quienes todavía se atreven a defender la cultura, la risa y la alegría en un país donde incluso eso puede costar la vida.
Defender estos espacios también es defender la vida

El festival contó con el acompañamiento del proyecto El Derecho a Defender Derechos, una articulación entre el Programa Somos Defensores, la Asociación Minga, la Corporación Jurídica Libertad y Civil Rights Defenders, con apoyo de la Unión Europea en Colombia.
Su presencia fue también una apuesta por proteger escenarios comunitarios donde la memoria, la cultura y la defensa de los derechos humanos siguen siendo esenciales para enfrentar la violencia.
Apoyar festivales como Los Bastantes significa acompañar a quienes, desde los barrios, construyen alternativas para que las juventudes encuentren espacios distintos a la guerra. Significa reconocer que la memoria necesita redes de cuidado y que el arte sigue siendo una herramienta fundamental para defender la vida y fortalecer la organización comunitaria.
En un contexto donde líderes sociales, artistas y gestores culturales continúan siendo amenazados o asesinados, respaldar estos procesos también es una manera concreta de defender los derechos humanos.



