Estuvimos en Brasilia en el Encuentro: Protección de Personas Defensoras de Derechos Humanos y Comunicadores de América Latina. Volvimos con una pregunta dando vueltas en la cabeza.
Vamos a contarte lo que pasó.
Fuimos al Encuentro: Protección de Personas Defensoras de Derechos Humanos y Comunicadores de América Latina —un espacio pensado, como su nombre lo dice, para pensar la protección de personas defensoras más allá de las fronteras.
Allí hablamos de algo que en el Programa Somos Defensores llevamos años pensando: cómo lograr que el Estado, la sociedad civil y los organismos internacionales dejen de trabajar cada uno por su lado. Sobre todo, en esos lugares donde el Estado casi nunca aparece. Y donde la violencia no le pide permiso a ningún mapa.
Arrancamos con una historia sencilla, de esas que cualquier organización de frontera se sabe de memoria: Imagina a una persona defensora indígena. Trabaja cuidando su territorio. Un día empiezan las amenazas. Vienen de actores armados que se mueven a los dos lados de la frontera, como si esa línea no existiera para ellos. Porque, en la práctica, no existe. Su comunidad está en Colombia. El riesgo, no.
Y ahí empiezan las preguntas incómodas. ¿A quién le toca protegerla? ¿Quién recibe la alerta? ¿Quién llama al otro lado de la frontera para avisar? A veces cada institución tiene un pedacito de la información. Solo un pedacito. Y nadie tiene el rompecabezas completo.
Mientras tanto, el reloj y las amenazas siguen corriendo.
Ese es el problema de fondo. Y lo dijimos así, sin rodeos, en Brasilia: las amenazas contra quienes defienden el territorio y los derechos humanos no conocen fronteras. Pero los mecanismos que deberían protegerlas, sí. Siguen pasando país por país. A veces hasta municipio por municipio. Y las zonas de frontera, como casi siempre, quedan de últimas en la fila cuando el Estado por fin decide aparecer.
Las organizaciones que trabajan ahí, en el territorio, suelen ser las primeras en notar que algo anda mal. El problema viene después. A veces, esa información se queda dando vueltas puertas adentro, entre la comunidad. Y cuando por fin llega a alguien que puede hacer algo…Ya es tarde.
Por eso insistimos en algo que suena complejo, pero no lo es tanto si lo pensamos con calma: hay que dejar de proteger país por país. Hay que pensar la protección más allá de las fronteras. Una protección panamazónica, o sea, pensada para toda la Amazonía, sin que las fronteras nacionales corten la coordinación. Alertas tempranas hechas con las comunidades, no a sus espaldas. Cooperación entre países que exista todos los días del año, no solo cuando ya pasó la tragedia.
Para nosotros, esto no es un discurso bonito para cerrar un evento. Juntar fuerzas entre el Estado, la sociedad civil y los organismos internacionales es, sencillamente, la única forma de que la protección esté a la altura del riesgo.
Defender el territorio y los derechos humanos no debería costarle la vida a nadie. Ni aquí, ni al otro lado de ninguna frontera.



